Recuerdo mi barrio entre nubes grises alumbrando un gueto obrero, aislado del resto de la ciudad por dos puentes. Eran el Puente viejo y el Puente nuevo. Al menos así los conocíamos nosotros, los habitantes de aquel lugar, de clase humilde y de nobles corazones. Y entre el mar y nosotros una amplia travesía comunicaba con los pueblos del extrarradio de la ciudad, que recuerdo anchísima. A nuestra espalda, pegado al Puente viejo, unas barracas terminaban de formar la frontera de aislamiento, solo frenadas por la vía del tren que iba hacia Francia.

Allí pasé mis primeros veinticinco años. Allí crecí, me eduqué y me hice hombre. Recuerdo de mi niñez es ver desde la ventana como había un descampado, enfrente, a la izquierda, donde solo había una pequeña farmacia y un campo de fútbol donde todos los domingos había partido. Poco a poco aquel descampado se fue llenando de gruas y comenzaron a ir creciendo nuevos bloques de viviendas. En medio quedó una calle, que para nosotros, mocosos de la época, pasó a llamarse la Calle Ancha, debido a que era más ancha de lo que solían ser las calles que nos entornaban. Y allí ibamos nosotros a jugar nuestros partidos de fútbol, de tenis, de beisbol, aprovechando que apenas había coches que circularan por ella.

Los recuerdos pueden ser muy amplios, de todos los colores e intensiddes. Y sin embargo suelen prevalecer los recuerdos agradables, bonitos. Los míos son recuerdos de niñez que podía jugar en la calle, y que a la hora de comer o de cenar se cerraban con nuestras madres asomadas a las ventanas llamándonos a gritos.

Han pasado ya veintitres años desde que abandoné mi barrio y mi ciudad. Hoy aquellas nubes grises se han convertido en días de sol radiante. Los puentes que nos aislaban de la civilización han desaparecido o se han abierto hasta comunicarnos con el resto de la ciudad. La Calle Anche se ha convertido en un aparcamiento para coches donde no cabe ni un alfiler. La avenida por donde tantos coches llegaron a circular en tiempos, es hoy una rambla moderna, con asientos para las personas mayores y espacio sobrado para poder pasear tranquilamente. Donde en un ayer hubo barracas, han sido susituidas hoy por un parque precioso y bien cuidado, en el cual las viejas glorias del barrio pasean y cuentan sus batallas, sentadas en bancos de madera añeja como ellos.

El mar, mi querido mar Mediterráneo, casi se puede ver en los días claros desde nuestras ventanas, con el azul brillante a los rayos del sol, que lo iluminan con intensidad y magia. Aquel mar que en mi niñez era otro punto aislado por otras vias de tren, de playas descuidadas, sucias y abandonadas. Hoy las circunda un paseo, los bañistas abundan en los tórridos días de verano y los niños corretean y juegan por ellas.